Abolir el trabajo

Resaltar la importancia de cambiar las lógicas de la investigación, hacer público el ruido y lo residual para construir dinámicas de comunicación acordes con los procesos y dar cuenta de aspectos metodológicos implica revisar el concepto de “trabajo”.

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Como dice Black (aquí) nadie debería trabajar. Lo que no significa que nadie debería hacer nada, sino todo lo contrario: que cada quien debería hacer lo que hace mejor, lo que disfruta y aquello en lo que es bueno. Valorar aquello que le satisface y hacerlo sin esperar recompensa ni aplauso. Una experiencia zen para el oficio y la investigación en la que el trabajo es espacio privilegiado para la meditación que genera el ejercicio mental y el crecimiento del espíritu.

Arriesgarse a hacer desde el criterio propio, con rigurosidad extrema, con la neurosis de la pasión. Hacer lo que se quiere para no tener que dividirse entre el trabajo y el tiempo libre como entornos ajenos donde se opone la obligación al disfrute. Poder vincular lo que es y lo que dice, lo que hace para vivir y lo que vive para hacer. En este sentido, hacer ciencias humanas desde otras perspectivas permite construir otros mundos posibles en las cáscaras del presente partiendo del principio de que se es libre para hacerlo, en que se es un centro de investigación por el hecho de ser un grupo de personas que se encuetran para hacer investigación. Sin necesidad de permisos o reconocimientos.

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